Una alucinación psicótica.

Hace unas semanas iniciamos un artículo que pretendía ser una sucesión de varios, al comenzar a tratar el tema de los trastornos o experiencias psicóticas.

Encontramos que en este universo hay tal amplitud de variables sobre las que podemos hablar y que pueden resultar de interés para los que nos leen habitualmente, que resultó imposible condensar toda la información en una sola publicación.

Así pues, hoy pretendemos continuar ampliando conocimientos sobre las experiencias psicóticas y sus síntomas más llamativos.

Como ya comentamos en nuestra primera publicación sobre este tema, las experiencias psicóticas suponen para aquellos que las sufren una pérdida significativa del funcionamiento cotidiano “normal” parejo a una ruptura con la realidad.

¿Qué queremos decir con esta afirmación sobre los trastornos psicóticos?

Cuando una persona padece un trastorno psicótico, desarrolla una serie de percepciones e ideas irracionales y, en la mayoría de casos, irreales, que dificultan o impiden que la persona funcione como lo había estado haciendo hasta ese momento.

Así pues, la planificación y estructuración del tiempo y de las diferentes actividades que realizara anteriormente, así como la interacción y la comunicación social se ven seriamente afectadas.

Pongamos un ejemplo: Cuando vemos a alguien por la calle que habla en voz alta (pero no se dirige a nadie en particular), gesticula o hace aspavientos varios y mantiene una expresión facial bastante rígida, ¿qué es lo primero que sentimos?

Ahora pensemos que esa persona seguramente tenga o haya tenido en algún momento de su vida a alguien con quien se relacionaba de forma próxima, pero que, a raíz de la aparición de esta brecha con la realidad, la propia persona se aleja del mundo y el entorno no siempre tiene las herramientas o los recursos para poder gestionar adecuadamente la nueva situación.

Cuando hablamos de esta ruptura, ¿a qué elementos nos referimos exactamente?

En las experiencias psicóticas se muestra una sintomatología característica que se ha dividido en dos tipos: síntomas positivos y síntomas negativos.

No obstante, la definición de estos síntomas no tiene nada que ver con un juicio de “más positivo” o “más negativo” para la persona que los padece, sino que con el término positivo y negativo nos referimos a que los primeros “añaden” algo a la persona, mientras que los segundos, lo “retiran”.

De este modo, las alucinaciones son un síntoma positivo (añaden algo al funcionamiento de la persona que no formaba parte de él/ella), mientras que la pérdida del interés y la energía por las cosas (apatía, abulia…) supondría un síntoma negativo.

Alucinaciones, delirios, paranoias… ¿De qué hablamos exactamente?

En concreto, en este post nos centramos en dos de los síntomas positivos que aparecen con mayor frecuencia en las experiencias psicóticas y un tercero, la paranoia que, por otra parte, constituye un trastorno psicótico en sí mismo en el que suelen estar presentes las dos anteriores.

En primer lugar, encontramos las alucinaciones, que se definen como percepciones que no se corresponden con ningún estímulo físico observable o palpable y que, sin embargo, la persona siente como totalmente reales.

Las alucinaciones más frecuentes suelen ser de tipo visual o auditivo, dado que a nivel sensorial la mayor parte de la población experimenta un nivel más desarrollado en cualquiera de estos dos sentidos.

No obstante, también se pueden encontrar alucinaciones olfativas, táctiles, gustativas, termoceptivas, etc., en cuanto a que cualquier percepción sobre un estímulo no-real se convierte en un desencadenante.

En resumen, es muy probable que nos encontremos con alucinaciones visuales, como distinguir la figura de un familiar fallecido, vislumbrar objetos en movimiento, o incluso seres totalmente irreales y no reconocibles entre las especies de nuestro mundo.

También es muy posible que la persona con experiencia psicótica manifieste alucinaciones auditivas, como escuchar sonidos en sus casas que no tienen ningún origen real, percibir el sonido de comentarios, órdenes, consejos o risas de parte de voces que permanecen como un fondo, o bien, pueden ser claramente asociadas con algo o alguien (incluso aunque ese algo o alguien no sea real o, por el contrario, sea real pero ningún tipo de relación con la persona).

Poniendo un ejemplo de ambas conjuntamente, una posibilidad (entre miles) dentro de la experiencia psicótica podría ser percibir visualmente una figura similar a la de algún actor conocido (pongamos, por ejemplo, a Johnny Depp) y, a su vez, sentir que esa figura nos dice, comenta o pide algo.

Sabemos que éste es un ejemplo muy suave, aunque clarifica bien lo que puede ser tanto una alucinación visual como auditiva. No obstante, debemos tener en cuenta que la persona que sufre alucinaciones visuales y auditivas no disfruta de ellas como podría disfrutar en una situación real de la presencia de un actor como Johnny Depp.

Trastornos psicóticos. Una alucinación

Una alucinación producida por un trastorno psicótico.

Del mismo modo, es muy importante que tengamos en cuenta que las alucinaciones en tanto que alteraciones perceptivas pueden aparecer también en situaciones de estrés agudo. Sin embargo, este post está centrado en estas alteraciones con un origen y un tratamiento muy distinto.

Por otro lado, hemos comentado que puede haber alucinaciones perceptivas más allá del campo visual o auditivo. Poniendo un ejemplo con respecto a algunas más difíciles de encontrar, como las termoceptivas, hablaríamos de personas que sienten que se queman o se congelan sin estar expuestas a temperaturas extremas de calor o frío, respectivamente.

En segundo lugar, encontramos el pensamiento delirante o, más comúnmente conocido como delirio.

Cuando nos referimos al delirio, hablamos de creencias que la persona tiene como completamente ciertas, aunque las evidencias que existen demuestran totalmente lo contrario.

Estas ideas que la persona tiene son firmemente sostenidas más allá de la ausencia de lógica que puedan tener y no se modifican con experiencias o intentos de demostraciones sobre la veracidad o la probabilidad real de las mismas. Además, resultan extrañas en la concepción del contexto social de la persona que las sostiene.

Es fácil detectar el pensamiento delirante en algunos grupos sectarios en los que el/la líder se determina a sí mismo como mesías o salvador/a de la humanidad, porque han escuchado su nombre (sin razón alguna) en algún medio de comunicación, o bien, experimenta conjuntamente la elaboración de creencias irracionales y alucinaciones perceptivas.

El pensamiento delirante, como se podrá imaginar, no se considera una patología en sí misma, sino que se considera un elemento que forma parte del diagnóstico de otras patologías.

De esta manera, con el delirio se puede seguir un funcionamiento normal casi en su totalidad, a excepción de cuando aparece el tema que evoca el pensamiento circular sobre la creencia irracional y la persona comienza a actuar de forma totalmente disfuncional.

Esto ocurre de forma mucho más frecuente cuando el delirio forma parte de un trastorno psicótico.

Otro tipo de delirio que nos conecta con la última categoría es el delirio persecutorio, en el que la persona siente (de nuevo, de forma totalmente irracional) que es perseguida por algo o alguien. Este tipo de delirio genera un malestar particularmente difícil en quien lo vive porque su percepción se relaciona con un presagio de que algo malo va a ocurrirle.

Y, de esta forma, entramos en el último concepto que desarrollaremos hoy: la paranoia. La paranoia, también conocida como psicosis paranoica o trastorno delirante, es un tipo de trastorno psicótico cuya base son las ideas delirantes sin presencia de otras patologías. Sin embargo, es muy posible que encontremos alucinaciones perceptivas de cualquier tipo si van ligadas al contenido del pensamiento delirante.

En el trastorno delirante, encontramos también inicialmente un funcionamiento bastante adecuado de la persona.

La diferencia esencial con el pensamiento delirante es que éste es un mero síntoma de otros trastornos (en este caso, psicótico), pero en el trastorno delirante encontramos un componente de centralidad que, sin un tratamiento adecuado, va absorbiendo progresivamente la atención y organización de quien lo padece, de manera que las ideas irracionales terminan siendo el motor de su vida. De esta forma, gran parte de su tiempo es dedicado a este pensamiento y todo cuestionamiento o puesta en duda, supone un gran alejamiento de los demás.

¿De qué manera podemos abordarlos?

Como ya advertimos en el primer post sobre esta categoría, cuando nos encontramos con experiencias psicóticas la colaboración entre psiquiatra y psicólogo es fundamental.

Por un lado, la evaluación médica es esencial para establecer a nivel neurológico y neuroquímico qué alteraciones existen (si las hubiera) y qué tipo de planteamiento clínico se debe realizar.

Así pues, muchos trastornos psicóticos pueden tener su origen en anomalías funcionales o estructurales a nivel cerebral, o bien por la aparición de tumores (no necesariamente malignos) que, al entrar en contacto y crecimiento en determinadas áreas, afectan a las mismas.

No obstante, lo que observamos de forma más habitual es una desregulación química que se solventa con el tratamiento farmacológico antipsicótico que determina el psiquiatra y que comienza a tener efecto desde las primeras semanas.

Por otro lado, los psicólogos nos encargamos de hacer un seguimiento de la evolución del funcionamiento cotidiano de la persona afectada, así como de asesorar y orientar a las familias para proporcionarles las pautas más adecuadas sobre cómo deben relacionarse con el paciente.

Para con nuestros pacientes, es fundamental que, como psicólogos, ofrezcamos un espacio al paciente para que pueda expresar sus temores, sufrimientos, pensamientos irreales, alucinaciones, etc., dado que debe sentirse aceptado por nosotros y, al mismo tiempo, percibir que el entorno terapéutico que creamos es un entorno de seguridad, algo particularmente complicado cuando hablamos de una persona con trastornos psicóticos o delirantes.

Conforme el proceso psiquiátrico vaya avanzando, la persona irá haciéndose cada vez más consciente sobre lo ocurrido y la situación que vive en ese momento, por lo que nuestro papel se irá modificando para pasar de la aceptación al acompañamiento emocional y el abordaje, ya a un nivel mucho más cercano a la realidad de ambos, de los conflictos que surgen y se derivan de la aparición del trastorno.

El tratamiento farmacológico puede o no ser pautado de forma crónica. En los casos en los que ocurre así, la sensación de depender de la medicación para encontrar el bienestar físico y emocional genera cierto sufrimiento en algunos pacientes.

Debemos ofrecerles recursos para que puedan localizar sus fortalezas y apoyos y, analizando su mejoría tras la combinación de medicación y psicoterapia, que puedan llegar a ver el tratamiento como un aliado en lugar de un enemigo.

Contacto