Un problema común al que se enfrentan las personas con disforia de género.

El concepto disforia se emplea como término opuesto al de euforia al hacer referencia a aquellas personas que experimentan una discordancia entre su identidad de género y su sexo biológico o de nacimiento.

Dicho concepto se relaciona con el sufrimiento y el malestar que genera a estas personas el hecho de no sentir ni identificar el sexo biológico o de nacimiento como propio.

La disforia de género (comúnmente conocida como transexualidad) puede aparecer a cualquier edad, aunque la mayor parte de personas empiezan a vivir el malestar relativo a su disonancia cognitivo-emocional y corporal desde edades que podemos situar en torno a los 6 años, a menudo coincidiendo con síntomas propios de los trastornos de ansiedad y/o trastornos depresivos.Una niña que ilustra el sufrimiento que experimenta una persona con disforia de género.

A partir de este momento, puede darse el caso de que niños (nacidos como niñas en términos biológicos) y niñas (nacidas como niños) comiencen a identificarse con aspectos de su género de referencia, experimentando a su vez una terrible desazón con respecto a su género de pertenencia.

¿Por qué la disforia de género es importante para la psicología?

La disforia de género a día de hoy sigue entendiéndose como un trastorno psiquiátrico, siendo abordado como tal por el Manual de Diagnóstico Psiquiátrico incluso en su última edición de 2014 (DSM-V).

Del mismo modo que ocurre con otros trastornos, cuando nos encontramos con una persona con disforia de género corremos el peligro de centrarnos en la patologización del problema, y no en abordar el sufrimiento humano de aquel que tenemos delante.

No obstante, el género se considera un constructo social que es variable y modificable a través del espacio (diferencias culturales) y el tiempo (diferencias entre épocas), por lo que no cabe duda sobre que la visión en torno al concepto de disforia de género cambiará en el futuro.

Ya está cambiando en sociedades como la nuestra que, todavía con un amplio margen de mejora, demuestra una mayor aceptación e inclusión de experiencias vitales que hasta hace relativamente poco resultaban completamente extrañas y desconocidas.

La persona con disforia de género desea ser libre y poder actuar, sentir, hablar y relacionarse conforme al género con el que se identifica, y poder salir del corsé social que implica haber nacido bajo el yugo de un determinado sexo biológico u otro.

El primer caso de disforia de género conocido data de principios del siglo XX, de la mano de Lili Elbe (anteriormente Einar Mogens Wegener). En el año 2015, la película “la chica danesa” se estrenó para contar la historia, vivencias y sufrimiento de esta artista, quien se sometió a las primeras cirugías experimentales para lograr un cambio en su sexo de nacimiento. Primer caso de cambio de sexo en la chica danesa, película que ilustra la disforia de género.

Si los psicólogos somos expertos en la mente y el comportamiento humano, debemos contar entonces con herramientas suficientes para poder comprender qué es lo que la persona necesita, demanda y pone en práctica, así como trabajar con ella para que pueda alcanzar sus propósitos y un mayor nivel de bienestar.

¿Qué hacemos los psicólogos ante un caso de disforia de género?

La primera pregunta, quizá, sería ¿por qué un caso de disforia debería resultar diferente a un caso de ansiedad o un caso de depresión?

La persona con disforia que busca ayuda psicológica, acude al psicólogo porque sufre, de la misma forma que puede sufrir cualquier otra persona que busca apoyo psicológico.

A menudo, las personas con disforia de género pueden sentirse aisladas, incomprendidas e incluso rechazadas por personas muy cercanas a ellas, como su propia familia, sus amigos, sus compañeros de clase o trabajo, o incluso grupos sociales a los que pertenece o ha pertenecido anteriormente.

Este rechazo con frecuencia les lleva a experimentar una mayor sensación de ser “prisioneros” de su propio cuerpo y aumenta su sensación de dolor al existir cada vez una mayor separación entre sus géneros de pertenencia y de referencia.

Aunque, evidentemente, el planteamiento de cada persona será diferente, nuestro objetivo siempre va a ser tratar de trabajar desde la aceptación y la evitación del juicio, ofreciendo un entorno que resulte lo suficientemente cómodo y seguro para que la persona pueda ser”, más que “estar”.

También sería conveniente abordar aspectos relacionales, factores de confianza/desconfianza en sí mismo/a y los demás, grado de autoestima, nivel de funcionamiento general y estado emocional a nivel global.

Una vez más, recordamos que trabajamos con una persona que padece (y mucho) a nivel emocional. Por tanto, nuestra prioridad es poder acompañarle y ser un apoyo para que dicha aflicción sea transformada en una forma resiliente de bienestar.

 

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