Las relaciones humanas se constituyen de forma natural debido a que el ser humano es gregario desde sus orígenes.

Podemos observar tipos de relaciones y vinculaciones afectivas muy diferentes, ya que la relación paterno-filial es completamente distinta a las relaciones de amistad o a las relaciones propiamente afectivas de pareja.

En cada una de ellas, la persona crece y hace crecer al otro porque entre ellas se produce el contacto; ambas se influyen mutuamente, ambas aprenden y se desarrollan.

También podemos encontrar las relaciones conflictivas (que las hay) o relaciones que terminan porque las dos personas implicadas (pueden ser amigos o pareja) deciden de alguna forma que el término de la relación va a suponer una mejora para las dos partes.

Pese a la decisión de separarse, ambas partes han adquirido nuevos aprendizajes y se han desarrollado de forma individual y en el conjunto, aun a pesar del conflicto. De hecho, superar o no los problemas que surgen en la relación también son una forma de aprender y asimilar.

¿Qué ocurre cuando la vinculación no es del todo saludable?

Lo que se ha comentado hasta ahora es una mera observación de cómo funcionan las relaciones humanas: se generan y se disuelven de forma natural, pero están siempre presentes debido a nuestra necesidad como personas de estar en contacto con los demás.

A menudo hay relaciones que se forman en las que existe una vinculación excesiva de una parte hacia la otra, una necesidad de ser atendido que va más allá del “estar en contacto”, una necesidad de que el otro vuelque el total de sí mismo en la otra persona, sin tener nunca la sensación de que los esfuerzos por satisfacer las necesidades son de alguna manera suficientes. Es en estos casos cuando hablamos de dependencia emocional.

Del mismo modo que encontramos dependencia hacia determinadas sustancias o al juego, podemos encontrar personas que desarrollan dependencia (e incluso, en cierto grado, “adicción”) de sus parejas.

Estas personas se sienten especialmente vulnerables sin él o ella, suelen tener baja autoestima y es frecuente que recurran a comportamientos victimistas/de culpabilización del otro cuando no sienten que están recibiendo la atención, explicaciones o muestras de afecto que necesitan.

La dependencia emocional también se puede encontrar de forma recíproca, siendo ambas partes co-dependientes y retroalimentando las necesidades de atención el uno del otro, en un bucle bastante tóxico que difícilmente puede prolongarse en exceso en el tiempo sin acarrear otros problemas emocionales y relacionales añadidos.

¿Cómo podemos trabajar la dependencia emocional?

En primer lugar, es fundamental que la persona que busca ayuda sea consciente de que ha desarrollado una relación de dependencia patológica hacia su pareja.

Si una persona acude en busca de ayuda porque otros la han convencido para ello, pero no siente que realmente exista una relación de dependencia, nuestra labor será infinitamente más complicada.

Si la persona reconoce que el tipo de relación establecido (unilateral o bilateralmente) está siendo potencialmente peligroso para su salud, estamos en el momento adecuado para iniciar el cambio.

Debemos aprovechar para explorar de qué forma la persona se vincula habitualmente con otras personas, para tratar de localizar o excluir posibles patrones no saludables. También es importante que tengamos en cuenta las relaciones afectivas anteriores y la forma en que se daban.

A título individual, es importante explorar las debilidades y fortalezas de la persona que tenemos delante, y tratar de ver la conexión con las relaciones en las que participa. Debemos tratar de estimular su crecimiento personal destacando los aspectos positivos que la caracterizan y aprovechando los negativos para investigar vías alternativas a las actuales para comunicarse, expresarse, gestionar sus emociones, etc.

El objetivo es conseguir que la persona se sienta más cómoda consigo misma y con los demás, de forma que las necesidades que puedan aparecer a título individual puedan ser resueltas sin necesidad de hacer un volcado total en sus parejas, mejorando las formas de comunicación e interacción para que sean capaces de expresar lo que sienten sin caer en la culpabilización del otro. En última instancia, para que sean capaces de estar con el otro en un contacto pleno en el que ambos evolucionan como pareja, y se ha aprendido a manejar la ausencia del otro como una oportunidad para estar consigo mismos, en lugar de percibirla como la soledad del abandono.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *