¿Cómo entendemos las tres actitudes básicas del psicólogo?

Hemos hablado en numerosas ocasiones de cómo enfocamos en Dopsi el trabajo terapéutico y el acercamiento a nuestros pacientes, pero en esta ocasión nos gustaría dedicarle un espacio especial a las tres actitudes básicas que deben aparecer en terapia, descritas originalmente por el psicólogo Carl Rogers.

psicólogo en ValenciaCuando hablamos de actitud, según la Real Academia de la Lengua Española, estamos refiriéndonos tanto a una disposición a actuar de determinada manera, como a la postura corporal en relación a un estado de ánimo.

Esta doble definición del término actitud nos aporta mucho sentido acerca de las implicaciones en la labor terapéutica, ya que los psicólogos mostramos a la vez una disposición a comportarnos (escuchar, hablar, atender a las demandas, gestionar emociones, etc.) con los pacientes, y estamos en constante relación con los movimientos corporales y los cambios posturales. Estos cambios, como podemos suponer, van íntimamente ligados al surgimiento de sensaciones y emociones.

Ahora bien, ¿qué significa “aceptar”?

Aceptar, sin entrar en una redundancia a la hora de definir el concepto, supone acoger lo que el paciente lleva consigo, sin pretensión de modificarlo o eliminarlo.

Esto no significa que el paciente no vaya a realizar cambios a través del proceso terapéutico, sino que durante ese ciclo de cambios aparecerán complicaciones, sufrimientos, alegrías, rechazos, sorpresas, etc., con las que tendremos que convivir en las sesiones de terapia.

Es frecuente encontrar pacientes que avanzan mucho en poco tiempo y, de repente, algún suceso inesperado provoca una inminente vuelta al inicio.

Nuestra actitud de aceptación es la disposición a dar la bienvenida al avance y al retroceso, a permitirnos como psicólogos y, por tanto, como guía y orientación que somos, a dar la enhorabuena y a validar los avances, del mismo modo que reconocemos las dificultades y nos detenemos a explorarlas con toda la delicadeza del mundo.

Dicho de otra forma, no aceptar supone reprochar, rechazar, limitar. El paciente que llega a terapia ya viene cargado de reproches, rechazo y de límites que se ha construido en relación con el mundo que le rodea.

El psicólogo que acepta, es un psicólogo que abraza lo que viene estático, pero dispuesto a moverse. Es un abrazo al cambio.

¿Cómo se puede “no juzgar”?

Nos encontramos ante personas con diferentes vivencias, experiencias, pasados, dificultades emocionales, apoyos sociales, etc.

Al mismo tiempo, los que nos encontramos con todas esas experiencias somos nosotros, psicólogos preparados para acompañar al que sufre y, por otro lado, somos personas con nuestras propias ideas, creencias, etc.

Lógicamente, podemos sentarnos en más de una ocasión frente a personas cuya forma de entender el mundo sea totalmente diferente a la nuestra, lo que podría llevar a la aparición inminente de (pre)juicios y estereotipos para la categorización de esas personas.

Los prejuicios y los estereotipos son formas simplificadas de esquematizar nuestra concepción de determinados ámbitos, grupos sociales, etc., que tradicionalmente han existido precisamente porque su simplicidad nos permite un ahorro cognitivo importante cuando evaluamos diversas situaciones socioculturales.

No obstante, esta simplicidad en terapia se convierte en una clara enemiga, dado que, si llegamos a establecer un juicio como una etiqueta para la persona, nos resultará muy complicado poder seguir con el proceso terapéutico sin que éste se vea enturbiado por la presencia implícita de ese juicio.

psicólogo en ValenciaAsí pues, no juzgar significa ser capaces de reconocer en nosotros mismos qué aspectos de esa persona nos pueden estar influyendo de cara al proceso terapéutico y cómo podemos dejarlos al margen para, simplemente, convertirnos en el apoyo psicológico que la persona busca para la evolución de su proceso personal.

La actitud de no juzgar no implica necesariamente que debamos ser capaces de trabajar con todos los pacientes que se nos presenten. En ocasiones, puede ocurrir que las diferencias personales entre el psicólogo y el paciente sean tan grandes que el trabajo terapéutico se vea completamente impedido (diferencias culturales, pensamiento con respecto a la vida de la mujer, etc.)

Por último, para ser un buen psicólogo ¿tengo que haber pasado por todo lo que me cuentan mis pacientes?

La empatía es una característica fundamental en la humanidad, también presente en algunos animales. Hace referencia a dos aspectos esenciales: la empatía cognitiva y la empatía emocional.

La empatía cognitiva tiene que ver con la capacidad de comprender lo que el paciente nos cuenta, no solamente por la escucha y asimilación de la historia que nos narra, sino por la captación también de las emociones que aparecen de forma explícita o implícita.

La empatía emocional, por otro lado, hace referencia a nuestra capacidad de sentirnos impregnados por la emoción que manifiesta el otro cuando nos relata un hecho concreto. Ser capaces de sentir la tristeza, la alegría, el miedo y otras emociones como si fueran nuestras, de forma que intentamos acercarnos a ellas de acuerdo a las necesidades que expresa el paciente.

Un psicólogo puede no ser padre y entender el sufrimiento de un padre que no consigue tener una buena relación con su hijo. Un psicólogo puede no estar gravemente enfermo y ser capaz de comprender la dureza y la debilidad que van asociadas a una enfermedad grave. Puede que un psicólogo no haya sufrido pérdidas vitales importantes, y aun así ver el dolor de la persona en duelo.

Podríamos seguir poniendo ejemplos de momentos y experiencias que un psicólogo no tiene por qué haber vivido y no por ello es menos capaz de trabajar con alguien que sufre.

Para ello, hemos desarrollado nuestra actitud empática, esa capacidad de comprender y acercarnos emocionalmente al que sufre, para que sufrimiento sea compartido y, del mismo modo que se sienta entendido, se va también aceptado en su dolor y no juzgado por el mismo.

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